Siguiendo con problemas comunes a razas de trabajo sensibles (característicamente los border collie, shetland, malinois y pastores australianos) hay un tema que empezó a intrigarme hace ya algunos años, se veían muchos perros de estas características en manos de competidores o profesionales que mostraban miedos e inseguridades que siempre eran achacadas a una mala socialización.

Cuando el propietario afirmaba haber socializado correctamente al perro y este seguía mostrando estos “fantasmas” se atribuía a:

1. El dueño miente y no lo ha sacado a tantos sitios como dice.

2. El propietario es un tío bruto y como estos perros son así le ha roto el carácter.

3. Con estos perros ya se sabe, siempre sale alguno con fantasmas por bien que lo hagas.

Estos tres argumentos son reales y en muchos casos el mal carácter final se debía al menos a uno de ellos.

Pero en un momento determinado, cuando me impliqué más seriamente con los malinois, decidí fijarme más.

Lo cierto es que había mucha gente que hacía lo que entendemos por un trabajo modélico de socialización: desde que el cachorro llegaba a casa con una edad correcta y criado por un criador responsable y amante de la raza se le empezaba a llevar a mil sitios y situaciones nuevas. Se reservaban tardes para ir al aeropuerto, a las fiestas del barrio, al centro comercial…

Todos los días se trabajaba para evitar que nuestro cachorro llegara a ser uno de los ejemplares que se afectaban exageradamente, además en muchos casos estos propietarios preocupados eran profesionales o competidores del adiestramiento, con un nivel de conocimiento, experiencia e implicación superior a la media.

Al hacer un pequeño censo (sin rigor de estudio) entre conocidos encontré un dato preocupante: el porcentaje de perros con miedos era igual entre aquellos cuya socialización era modélica y entre los que estaban a la buena de Dios, criándose en perreras u otros tipos de aislamiento. Recordemos que siempre me estoy refiriendo a individuos de las razas antes citadas.

Esto nos podría llevar a pensar que este problema era totalmente innato y resultaba indiferente lo que hiciésemos durante el tan temido periodo crítico.

Pero había dos datos que nos decían que esto no era así:

1. El primero, el más general, eran los estudios en un abanico más amplio de razas que mostraban que los individuos aislados tenían más problemas que los que entendemos por bien socializados.

2. El otro era más especifico, si tomábamos un tercer grupo de individuos de estas razas, los que se habían criado con un nivel intermedio de socialización, encontrábamos que eran estos los que mostraban un número sustancialmente menor de problemas.

Este grupo corresponde a particulares que llevaban el perro a los mismos sitios de paseo una y otra vez y a profesionales menos entusiastas que cuando podían llevaban al perro a algún sitio nuevo, pero sin hacer de ello una obligación diaria. Ellos eran los que tenían más calidad de carácter en sus perros.

Obviamente se deduce que hay un rango óptimo de salidas a sitios nuevos, pero a mi me interesaba saber el por qué más que encontrar dicho rango a través de un análisis estadístico.

Encontré la solución en los estudios sobre estrés, el estrés genera una activación extra del organismo. Aunque se supere y gestione ese estrés correctamente será necesario un tiempo mínimo para que el perro se recupere y no acumule estrés residual, esto sucede también con los procesos de eustrés (estrés positivo, como el que teníamos a los quince antes de una cita).

Al hacer tantas salidas a ambientes nuevos los perros más sensibles se sometían a una activación continua del estrés y cuando llegaba la siguiente salida aún no se habían podido recuperar, hasta llegar al punto donde la acumulación de estrés residual hacía el mismo efecto nocivo que la falta de socialización, y quien piense que no hay que recuperarse del estrés positivo que después de una vacaciones activas y estimulantes no vuelva a decir que necesita un par de días de recuperación antes de volver al trabajo.

Por lo anterior debemos tomar preocupación especial en que el cachorro se recupere y elimine el estrés residual correctamente: jugando con perros o personas conocidas en un ambiente seguro, recordemos que personas y lugares habituales (¡y seguros!) son un inductor de calma en mamíferos sociales. Además en la socialización es más importante la interacción continuada con individuos conocidos (miembros del grupo social) que la introducción en ambientes nuevos, y nosotros trabajamos como si el elemento principal socializador fuera conocer cosas nuevas. Error.

También el tiempo de descanso es importante. Los masajes ayudan si el perro los acepta (en Dinamarca y Noruega empiezan a ser habituales los masajistas de perros a domicilio, y los agilitistas son uno de sus principales clientes).

Con respecto a la frecuencia óptima, aunque los datos que tomamos fueron recogidos de manera guarripey y no deben ser tomados de otra manera, encontramos que dos, máximo tres salidas semanales a lo nuevo son suficientes y que a partir de ahí empieza el riesgo de exceso.

¡Pero de jugar con los amiguetes no hay más límite que el del cansancio! Así que: Más parque y menos fiestas del barrio (aunque no haya churros).

También es muy importante el tiempo y distribución de actividades en esas salidas, pero eso lo voy a desarrollar en otro artículo para no soltar un ladrillako ultramortal.

Aunque mis alumnos de Abril de 2008 en adelante tienen esta información en las actualizaciones al libro que se entregan en nuestros cursos, varias personas me han comentado que es un tema bastante desconocido y que merecía la pena hacer este “corta y pega”, con mis disculpas a los que ya conocen el texto.

El perro es un animal capaz de recibir señales discretas y graduadas de su entorno y grupo social.

Las señales discretas son señales de todo/nada, no tienen diferentes intensidades o la diferencia de intensidad es irrelevante para el mensaje principal. Suelen estar relacionadas con la aparición de recursos o peligros, por ello la claridad es el parámetro más importante, no recibir o malinterpretar una señal de esta índole puede tener una repercusión económica o vital grave para el perro. Las señales discretas suelen relacionarse con sucesos de interés que están fuera del grupo social.

Las señales graduadas son aquellas sometidas a variaciones en forma y/o intensidad según el estado emocional del emisor. Son las más usadas dentro del grupo social y permiten situaciones interactivas entre dos sujetos. Por ello son las más relevantes para la convivencia.

Quizá uno de los efectos más nocivos en la educación de los perros que se derivan de la visión del adiestramiento como una suma de condicionamientos operantes es el “desentrenar” a los perros para la recepción y evaluación de las señales graduadas, el perro que se limita a evaluar la información que viene de sus compañeros sociales como blanco o negro será un miembro del grupo incompetente y tendrá dificultades para establecer relaciones sutiles con su guía, pues se le enseña a desatender señales no directamente relacionadas con bueno o malo. Lo que puede resultar muy beneficioso en los inicios del adiestramiento por su claridad para que el perro aprenda acciones nuevas no es lo más conveniente para el manejo del perro ya adiestrado, que se enriquecería con los matices en la información que percibe de su guía.

Para adiestrar nos puede resultar suficiente el uso de señales discretas, para educar necesitamos que el perro potencie su naturaleza de recibir señales graduadas, pues esto aumentará su capacidad de actuar correctamente en el entorno familiar. Los mamíferos sociales están particularmente preparados para la recepción y emisión de señales graduadas, pues esto permite que un animal sepa si su conducta es recibida con cierta alegría, con cierto enfado (o con mucho) y graduar sus acciones sociales a lo que cada individuo del grupo, en cada situación, es receptivo. Así el perro debe aprender a recibir y emitir mensajes al resto del grupo con diferentes niveles.

[X] Cerrar
Powered by ShareThis