Me ha decidido a escribir este post la consulta de una alumna sobre su gata Amparo (decidme que no es un nombre genial para una gata), con un feo problema de agresión, porque me pareció curioso que, aunque ha consultado a buenos profesionales y le habían prescrito un tratamiento adecuado, nadie había tomado en cuenta la existencia, cantidad y distribución de oteaderos en su vivienda.

Los oteaderos son lugares elevados y cómodos que permiten controlar visualmente el entorno, son muy relevantes para la mayoría de los félidos, entre ellos el gato doméstico, pues permiten evaluar las situaciones novedosas que se produzcan desde una situación segura y así elegir una estrategia de afrontamiento controlada, con niveles de estrés que puede gestionar fácilmente. También ofrecen al gato la posibilidad de retirarse a un lugar privado y tranquilo para estar sólo, si los perros adoran las “cuevas” que se forman en las esquinas y bajo los muebles de casa los gatos se pirran por los “miradores” (algo que he intentado -sin éxito- explicarle a Gastón, el malinois macho de casa, que se tumba largas horas en lo alto del respaldo del sofá para otear desde el ventanal qué pasa por el campo cuando él no está persiguiendo conejos).

La primera opción de un gato ante una situación tensa será observarla a distancia segura desde su oteadero, si no dispone de uno se encontrará inmerso en el problema sin poder hacer su evaluación “a vista de pájaro”, lo que le genera altos niveles de estrés y fácilmente termina en problemas de miedos y/o agresión. Y es que la segunda opción (no disponiendo de la primera) del gato ante un problema, será esconderse debajo de algún mueble, pero al hacerlo no procesa la información como haría desde el oteadero, mientras está escondido se mantiene e incluso aumenta el nivel de ansiedad, por lo que esconderse no es una ayuda para superar positivamente la situación, sólo es un recurso de urgencia para salir del paso. Si esto se repite mucho o el escondite es inseguro para el gato aumentará aún más su ansiedad y es fácil que empiece a mostrar conductas agresivas. Muchos problemas severos empiezan por la falta de estas atalayas que son parte de la cimentación de la salud emocional del gato.

Pero sin ponernos tremendos e irnos a casos de agresión podemos afirmar que los oteaderos funcionan como reguladores del estrés, elementos de seguridad, comodidad y calidad de vida para los gatos domésticos, por lo que debemos procurárselos en aquellos lugares de nuestra vivienda en los que hay movimiento y pasan más cosas, principalmente el salón (salvo en casa de Álvaro Muñoz Escassi ;) ).

Espero que este tema gatuno no desanime a los perreros acérrimos que siguen el blog, pero no sólo con perros convive el hombre. Además es que me encantan, flipo con los gatos, es un animal inteligente, atractivo y con una etología apasionante, su conducta está muy influída por su ecología, lo que hace que diseñar un entorno vital adecuado permita su felicidad y evite el surgimiento de problemas. Desde aquí animo a todos los interesados en conducta canina que se animen a estudiar a los gatos, enganchan muchísimo.

Feliz salida y entrada de año para tod@s. El 2012 va a ser el año de la educación canina y el buen rollo entre profesionales de la conducta canina, ya lo veréis.

Hace unos meses comentaba que “Pelo, pico, pata” me había contratado para escribir una serie de artículos, esto me alegró mucho por varios motivos: el primero era poder colaborar con el director de esta publicación, persona que siempre he considerado de las más interesantes del entorno profesional del perro.

También me gustó que ni siquiera se plantearon que escribiese los artículos gratis, lo que en este mundillo es extraño, pues publicaciones que tienen un claro y lícito ánimo de lucro suelen considerar normal solicitar artículos a especialistas sin pensar siquiera en pagarles, considerando que la promoción que les supondrá aparecer en sus páginas es recompensa más que suficiente. Considero que esta práctica es muy nociva (y un poco surrealista) para todos los profesionales. Para entidades sin ánimo de lucro toda la ayuda que haga falta, pero si quieren generar beneficios comerciales con tu trabajo deben pagarlo.

La tercera razón es que me ofrecieron la posibilidad de que los artículos que escribiese para ellos fueran publicados en este blog dos meses después de salir publicados en la revista, lo que me pareció una buena idea.

A partir de ahora iré publicando estos artículos citando que son los redactados para “Pelo, pico, pata”.

LA EDUCACIÓN DE LOS PERROS JÓVENES

Los perros también pasan una adolescencia que puede poner a prueba los nervios de sus familias, conociendo cómo actuar será mucho más fácil que superemos esta etapa sin desesperarnos, incluso podemos hacerlo divertido.

La madurez sexual de un perro (que suele darse entre los nueve y los dieciocho meses, según la raza y el individuo concreto) es un momento difícil para él y, en muchas ocasiones, para su familia humana. La efervescencia de las hormonas puede hacer que se desordene la conducta, incluso en perros en los que era impecable, además el perro joven se siente físicamente más seguro de sí mismo, con lo que su vitalidad e impulsividad aumentan, lo que puede causar desajustes en la convivencia familiar y alterar su estado emocional.

El trabajo con un perro joven debe cubrir varias áreas para poder resultar eficaz a largo plazo, no debemos limitarnos a intentar cortar sus conductas, pues son la expresión de una serie de cambios físicos y mentales inevitables que debemos canalizar de manera adecuada. La represión y el castigo como única solución pueden dar resultados a corto plazo, pero a la larga afectarán negativamente al perro y pueden terminar en la aparición de problemas de conducta. No estamos ante un perro desobediente, sino ante un adolescente desorientado, deberíamos ser comprensivos ¡Todos hemos pasado por ello! La prioridad es la educación.

La educación es el proceso de aprendizaje que busca integrar al perro en su grupo social y hacerlo competente en las relaciones que establezca en él. Por ello es muy relevante enseñarle juegos y acciones que realizar de manera coordinada y subordinada con los miembros humanos de su familia: Enseñarle a traer y entregar la pelota o juegos de tirar del juguete hasta que se le indica que lo suelte facilitan que aprenda a formar equipo con nosotros, pero aceptando nuestra dirección al tener que empezar y terminar los juegos cuando indicamos.

Los perros jóvenes suelen ser fácilmente excitables, la gestión de las emociones es una parte fundamental de una educación correcta: tenemos que enseñar a nuestro perro a ser capaz de auto-controlarse, pues si no tendremos que ante cualquier situación que le altere se subirá por las paredes (en algunos casos literalmente). Para ello es ideal entrenar su olfato con ejercicios sencillos y divertidos, escóndele unos trozos de comida por la casa e indícale con un comando que los busque, también puedes hacerlo en el parque o en el campo poniendo varios premios distribuidos por una zona concreta. Cuando inicies el juego verás cómo se entusiasma, pero lo bueno de esto es que para poder olfatear con eficacia y conseguir sus chuches necesita concentrarse y actuar con autocontrol, con lo que en pocas sesiones verás que tu perro ha aprendido a mantener sujeta esa excitación. Es una lección que aprovechará toda su vida. Además habrás incorporado una nueva y divertida actividad a la lista de juegos que puedes hacer con tu perro.

También es un momento en el que el perro desarrolla al máximo sus capacidades de propiocepción (sentido que informa al perro de la posición y estado de su cuerpo) y equilibrio, por eso los adolescentes son tan desgarbados: han crecido, sus cuerpos son casi adultos, pero aún tienen que aprender a conocerlos y controlarlos. Los perros son iguales, basta ver un dogo alemán o un San Bernardo de un año para darnos cuenta de que aún no tienen muy claro qué hacer con todas esas patas. Podemos enseñarles ejercicios simples que aceleren y mejoren este proceso: andar hacia atrás, rodar, tocarse la nariz con la pata (no se crean que exagero) son ejemplos divertidos y eficaces de esto.

Con respecto a la relación con otros perros este es un momento particularmente importante, pues aunque nuestro joven amigo estuviese bien socializado y fuera amigable es posible que en esta etapa se vuelva un poco “gallito”, lo que lleva a mucha gente a dejar de juntar a su perro con otros para evitar conflictos. Esto es peligroso, pues podemos estar aumentando el problema y encontrarnos con un día en el que ya no podemos estar con casi ningún perro. Lo ideal es acudir a grupos o clases de socialización de perros jóvenes, donde a través de la inducción de calma, las sueltas controladas y las correcciones adecuadas a los perros que se ponen brutotes (normalmente “arrestándoles” diez minutos) se consigue mantener la capacidad y buenas maneras sociales del adolescente canino. Estas clases de jóvenes también incluyen sesiones de adiestramiento, con particular énfasis en el comando de acudir a la llamada (porque es frecuente que en esta etapa se vuelvan algo “sordos” cuando se les pide que vengan), y paseos en grupo, que nos ayudarán a que nuestro amigo canino sea obediente con nosotros y sociable con sus congéneres. Esta es una de las mejores inversiones que podemos hacer, además encontraremos gente con problemas e inquietudes similares a las nuestras, lo que nos animará y normalmente terminará con la incorporación de un par de buenos amigos con perro a nuestra agenda ¡Ya tenemos con quienes organizar actividades caninas!

El trabajo de mejora de la propiocepción y el equilibrio no sólo sirve para conseguir complejas habilidades caninas, también aporta una serie de beneficios globales que hace recomendable su entreno en todos nuestros perros, llegando a tener utilidad terapéutica en algunos casos.

Por ejemplo: los perros tienden a tener una mala percepción de su parte trasera, esto hace que se sientan inseguros al tropezar sus patas posteriores con alguna cosa, al intentar andar hacia atrás o, simplemente, al moverse por entornos abigarrados y notar que algo les toca el tercio posterior. Esto es importante, por ejemplo, para los perros de terapia que tendrán que trabajar en lugares cerrados, con múltiples “cacharros” con los que puede topar su parte de atrás, si su propiocepción no está entrenada es fácil que el perro (que ya está en un ambiente generador de estrés) tenga una respuesta excesiva que le pueda llevar a negativizar la situación de trabajo e incluso dar al traste con la sesión.

También los perros sensibles y muy activos (como muchos malinois y border collies) muestran normalmente una respuesta excesiva al verse sorprendidos cuando algo toca su parte trasera, esta activación tan alta fácilmente puede convertirse en miedo, dando lugar a múltiples problemas. Si el perro tiene una buena propiocepción de dicha parte trasera la respuesta de sorpresa no desaparecerá del todo, pero disminuirá notablemente, evitándonos que aparezcan y se fijen las reacciones emocionales negativas de las que hablábamos.

El entrenar a tocar y mantener el contacto en targets con aquellas partes del cuerpo que provocan en el perro una respuesta emocional excesiva es una buena medida para aplicar la propiocepción a la mejora de la conducta e incluso la salud de los perros. Es frecuente que animales que muestran respuestas inadecuadas al tocarles, por ejemplo, las patas puedan eliminar su problema si les moldeamos que toquen un target con ellas: evitamos conflictos, malestar emocional y problemas, cuando esto se consigue podemos generalizar con facilidad el estado emocional positivo, además al ser el perro el que “decide” tocar es proactivo durante el avance del trabajo y no tienen por qué aparecer reacciones problemáticas. Incluso hemos usado esta técnica para perros que después de una operación no se atrevían a usar la extremidad operada, con el consiguiente riesgo de atrofia, así empezaban a utilizarla voluntariamente, mostrando confianza y seguridad crecientes, en pocas sesiones apoyaban y andaban con normalidad.

También se puede conseguir en los zoos que animales muy tímidos y reactivos mejoren su autocontrol y permitan el manejo de cara a recibir cuidados veterinarios o ser trasladados sin generar altos niveles de estrés, incluso mostrando un estado emocional positivo.

En general el trabajo de propiocepción permite que animales muy nerviosos y sensibles mejoren su calidad de vida, generen menos estrés y disminuyan sus reacciones emocionales exageradas al sorprenderse o asustarse.

El entreno del equilibrio tiene un similar efecto terapéutico: al destinar buena parte de su atención a mantenerse equilibrado el perro recibirá la información del entorno atenuada, con lo que reaccionará menos y la desensibilización a cualquier estímulo será más rápida y eficaz. Esto lo hemos utilizado en Reina, una leona marina (bueno es cruce de león y oso marino, pero ella no lo sabe) del Zoo de Madrid que tiende a ser miedosa. Introduciendo los estímulos causantes de miedo (por supuesto atenuados, esto no es Vietnam) mientras se le solicitan conductas de equilibrio la respuesta miedosa disminuía casi hasta mostrarse normal y confiada, trabajando así en poquísimas sesiones se puede hacer desaparecer el miedo.

Para los alumnos de EDUCAN: Sí, habéis acertado, todos estos trabajos tienen un componente de mejora emocional y por ello se entrenan de manera piramidal. Podéis apuntaros un mini-punto ;)

Este jueves trasladan a las dos crías de delfín del Zoo de Madrid, Romeo y Rumbo, como no me toca ir a trabajar con el equipo de entrenadores hasta el martes de la semana que viene ya me he despedido de ellos.

Para mí ha sido muy emocionante, porque los dos pequeñines han sido claves en el proyecto de desarrollo del entrenamiento cognitivo-emocional aplicado a mamíferos marinos y lo han sido de una manera que nunca hubiera sospechado. Os lo cuento porque es una bonita historia en mi opinión.

Como sabéis una de las premisas actuales de entrenamiento cognitivo-emocional es aprovechar el afecto como motor de conducta, este siempre es un tema polémico con la mayoría de entrenadores, que suelen conocer únicamente el condicionamiento operante y tienden a pensar que los animales son muy egoístas y necesitan obtener un beneficio individual para generar conducta. Todos sabéis a lo que me refiero. Hoy sabemos que el supuesto “egoísmo” viene precisamente de nuestra manera de entrenar: cuando única y sistemáticamente uso refuerzos individuales conseguiré que el perro (o delfín) sólo espere este tipo de refuerzos en el entrenamiento.

Cuando esto me sucede con entrenadores de perros no suele ser mucho problema mostrar cómo activar los motores sociales -el afecto- como motor de conducta, pues la gran mayoría de perros tienen un vínculo afectivo con las personas con las que conviven que se construye durante todas las interacciones que tenemos con ellos y no únicamente durante el entrenamiento (sí, achucharles en el sofá se considera interacción).

Sin embargo con los delfines sometidos a entrenamiento había un par de problemas: las interacciones se sistematizan en base a criterios de entrenamiento operante, además los delfines del zoo llevan, perdón llevaban :) , muchos años de este tipo de entrenamiento, por lo que no podía encontrar interacciones afectivas espontáneas para explicar a los entrenadores la importancia de los motores sociales y el cómo se podían atrofiar con programas de trabajo de condicionamiento operante (que era lo que ya había pasado). Tumbarse en el sofá abrazando un delfín no es algo demasiado habitual.

Esto me quitaba la opción de poder mostrar, además de argumentar, la relevancia de los motores sociales, así que cuando lo expliqué usé principalmente ejemplos con perros (afortunadamente muchos de los entrenadores tienen perro). Me fastidiaba porque cuando los entrenadores pueden reconocer las conductas afectivas en los animales sometidos a entrenamiento es cuando les cambia la visión del entrenamiento de manera inmediata.

Pero había algo con lo que no contaba: Romeo y Rumbo.

Unos días después de explicar la importancia del afecto y los riesgos de no incorporarlo al entrenamiento teníamos una clase teórica. Antes de empezar vi que los entrenadores estaban especialmente sonrientes ¿qué pasaba?

Se habían dado cuenta de que los bebés delfín les invitaban a jugar, buscaban las caricias, querían que les rascasen la lengua (es algo que les encanta)… Esto era algo que siempre habían visto y pensaban que esta conducta tan social iba disminuyendo según se hacían adultos de manera natural, pero después de nuestra clase se habían puesto a observar con una visión crítica: los pequeños delfines dejaban de intentar estas interacciones en cuanto se usaba el silbato (un reforzador condicionado como el clicker) y sólo estaban pendientes de la comida, incluso rechazando estos juegos. Sin embargo cuando no había sesión de entrenamiento volvían a provocar a los entrenadores para jugar y ser mimados.

Los entrenadores se dieron cuenta de inmediato de que tenían que cambiar su protocolo si no querían seguir potenciando las conductas egoístas. Nunca me ha sido tan fácil introducir las pautas de interacción afectiva, de hecho con la ayuda de los entrenadores del Zoo hemos diseñado unos protocolos para recuperar las capacidades afectivas de animales sometidos únicamente a entrenos operantes durante largo tiempo.

Así que tengo dar las gracias a Romeo y Rumbo por ayudarme a mostrar lo importante y natural que es usar el afecto como motor de conducta. Aunque a ellos no les costó demasiado esfuerzo: sólo querían ser amigos de esos bichos tan raros que viven fuera del agua, algo natural en todos los mamíferos sociales.

Porque lo difícil no es que nos muestren afecto, lo difícil es que nosotros sepamos reconocerlo y corresponderlo.

Comentaros que EDUCAN ha firmado un convenio con la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid para que sus alumnos completen con nosotros sus conocimientos en aquellos campos de actividad en los que somos especialistas: aprovechamiento de procesos cognitivos y gestión de la emoción para el entrenamiento de animales y el enriquecimiento ambiental. Que dicho así impresiona un poco, pero que viene a ser que podrán hacer parte del Practicum de la licenciatura con nosotros.

Además nos ofrecen la posibilidad de desarrollar proyectos de investigación en conjunto con diferentes facultades (psicología, biología…) y aprovechando su infraestructura. Y eso mola un taco.

Este convenio nos aporta el título de “Entidad Colaboradora” de la UAM. Lo que también hace bonito ;)

Tras unos cuantos meses de estudiar los protocolos de entrenamiento de delfines, leones marinos, psitácidas y rapaces en el zoo de Madrid, ayer empezamos la segunda parte del proyecto conjunto de Zoos Ibéricos y EDUCAN, la formación de sus entrenadores en el modelo cognitivo-emocional.

Yo tenía algo de prevención ante esta segunda etapa, en la primera nuestro único riesgo era resultar pesados, con tanta toma de datos y cuestionarios como le pasamos a los entrenadores (casi doscientos cuestionarios con cuarenta preguntas cada uno), pero el impartir formación para expertos que, en algunos casos, tienen más de veinte años de experiencia en el entrenamiento de animales era peliagudo.

Todos sabemos lo susceptibles y “especialitos” que somos los adiestradores ;) , lo defensivos que podemos resultar ante ideas nuevas o que no encajen con nuestra visión del entrenamiento, en este caso, además, esas ideas las aporta una empresa cuya experiencia está referida a otros animales diferentes.

En muchas ocasiones en las que he impartido formación para otros profesionales me he encontrado preguntas capciosas, buscando desmontar los argumentos de la exposición, reticencias a los argumentos científicos que no cuadrasen con los conocimientos previos o con la filosofía de entrenamiento o un mutismo altivo de “estoy juzgándote desde la altísima posición que me concedo a mí mismo” (en esto de auto-valorarnos los adiestradores no solemos pecar de modestia). Con el equipo de entrenadores del Zoo habíamos tenido muy buen rollo hasta ahora, pero darles clase era otra cosa.

Ahora procede que os cuente cómo fue: Salió perfecto :) , en primer lugar el biólogo responsable de todas las especies que son entrenadas para exhibición (el jefe, vaya) era el primero en estar allí tomando apuntes, preguntando, ahondando en cada tema (lo que pasa es que nos liamos a hablar de neurología de la conducta y si nos dejan aún seguimos). Todos los entrenadores presentes preguntaban con intención de aclarar los conceptos nuevos y no buscando desmontarlos, de hecho enseguida empezaron las preguntas sobre cómo aplicarlos en casos concretos (¡tranquilos, sólo es el primer día!), lo que siempre es un indicador de que se le da credibilidad a la información presentada.

Al final tuve que interrumpir la clase para no excedernos demasiado del tiempo previsto, lo que tiene mucho valor si tomamos en cuenta que este curso se imparte fuera de la jornada laboral de los entrenadores y tienen que quedarse dos horas de su tiempo libre en el trabajo después de su horario habitual.

Particularmente me alegró que uno de los entrenadores, Pablo Roy, que fue de los que iniciaron este proyecto, se hubiera recuperado después de unos meses de severos problemas con su espalda. Hubiera sido muy injusto que él precisamente no pudiera acudir a las clases.

Estaremos impartiéndoles formación tres días en semana desde ahora hasta finales de Febrero, aunque la última fase del proyecto -utilizar protocolos de entrenamiento cognitivo-emocional con las especies indicadas- empezará algo antes, solapándose con el final del curso ¡Deseadme suerte!

Hemos hablado en los posts anteriores de la empatía, sincronía y simpatía, y cómo su fin es hacer viable el grupo social facilitando el acceso y distribución de recursos, así como su seguridad. Estos procesos emocionales mueven mucha energía, porque es necesario gran cantidad de comportamiento social para organizar, coordinar y conseguir que un grupo social sea eficaz en su entorno.

Pero ¿qué pasa cuando el grupo social no tiene que coordinarse para cazar porque los recursos se proveen desde fuera del grupo y no es necesario defenderse porque se vive en un entorno controlado? Todos esos procesos emocionales y la energía que mueven ¿dónde van a parar?

Hace tiempo (en 1824, para ser exactos) un físico, Carnot, comprobó que las máquinas de vapor durante un tiempo de trabajo siempre generaban la misma energía, pero parte de esa energía no se convertía en trabajo sino que la “absorbía” la misma máquina (calentándose, moviéndose…) y denominó a la parte de la energía que no podía usarse para producir trabajo entropía (ya sé que a los que sois de ciencia os horrorizo por esta explicación de la segunda ley de la termodinámica, tened paciencia conmigo). Carnot también comprobó que según aumentaba esta entropía el trabajo aprovechable era menor, sin embargo ningún sistema puede funcionar sin un mínimo nivel de entropía.

Por tanto la entropía es la cantidad de energía que genera un sistema (en nuestro caso el grupo social del perro) y no es aprovechable en trabajo útil.

En psicología y, sobre todo, en sociología no tardaron en importar el término para utilizarlo en el estudio del funcionamiento de los grupos sociales, en estas ciencias humanísticas se utiliza con el sentido de “desorden”, y es lógico pues cuanta más de la energía generada para la interacción eficaz se reabsorbe en el grupo más aumenta el desorden y con ello los problemas.

En este momento hay una importante polémica sobre la dominancia y cómo funciona realmente en los grupos de cánidos, parte de este debate se genera porque buena parte de los datos que manejábamos estaban referidos a lobos en cautividad y su conducta social está alterada con respecto a una situación de libertad.

Precisamente ahora sabemos que lo que altera la conducta social de los mamíferos sociales que permanecen en zoos es el aumento de la entropía: toda la energía que produce el grupo social para su funcionamiento no se convierte en trabajo eficaz: no es necesario cazar, ni defender el grupo de agresiones, ¡ni siquiera desplazarse de manera coordinada!, por lo que esa energía se vuelca íntegramente en las interacciones sociales.

¿Cómo afecta el aumento de entropía a un grupo social? Es muy sencillo verlo fijándonos en un programa que basa su éxito en el aumento de la entropía y sus consecuencias: “Gran Hermano” (“Big Brother”). El aumento de entropía en un grupo social se caracteriza por tres factores principales:

1. Aumento de la relevancia de la distribución y posesión de recursos y de las situaciones violentas referidas a este tema.

2. Aumento de la importancia de las jerarquías y con ello un aumento extremo de las agresiones relacionadas con la posición social.

3. Aumento de las relaciones afectivas positivas o negativas, tanto en frecuencia como en intensidad (edredoning y juramentos de amistad/odio eternos).

Esto tiene su lógica, si el grupo social se encuentra en un entorno “natural”: La repartición de los recursos obtenidos utiliza una parte mínima de la energía gastada en conseguirlos cazando de manera coordinada. Las jerarquías tienen un fin principalemente organizativo: sirven para coordinar de modo eficaz las acciones del grupo y darle orden y armonía. Y las relaciones afectivas tienen por objeto mantener la cohesión social, evitando la dispersión del grupo cuando no hay un “trabajo” concreto que hacer en común. Por supuesto sí que surgen agresiones jerárquicas y conflictos por la posesión de recursos, así como relaciones afectivas consistentes, pero el grueso del tiempo y de la atención de los animales no está centrado en estos menesteres.

Cuando se limita el espacio del grupo, se controla el ambiente para que sea seguro y se “regalan” los recursos, la importancia de su posesión, la posición social y las relaciones afectivas son las ÚNICAS conductas sociales que resulta posible llevar a cabo y, razonablemente, recogen una cantidad de energía diseñada para objetivos sociales mucho más ambiciosos. Imaginemos que cogemos la energía destinada a mover un tráiler y la aplicamos a un Vespino, es más que fácil que reviente o se salga en la primera curva, y es por esto que todos los que salen de “Gran Hermano” dicen, y tienen la razón científica en la mano, que en “La Casa” todo se vive más intensamente.

Pero esto nos lleva a un pequeño problema: quienes plantean que el estudio de las interacciones de los lobos en zoos no son válidas para hacer homologías con el perro doméstico porque dichos lobos se encuentran en una situación que es generadora de estos problemas, olvidan que la mayoría de los perros domésticos no tienen que trabajar coordinadamente con su grupo social para conseguir ningún recurso, ni tienen que contribuir a ninguna defensa del grupo, en realidad no necesitan coordinarse con su grupo para nada. Así que la mayoría de los perros “de casa” sí que se encuentran en situaciones de entropía y esto causa un alto número de problemas con respecto a los puntos antes descritos.

Por ello la realidad no está con los que tienen una visión del perro como un continuo retador cuyos instintos le llevan a buscar una posición dominante en su familia, ni tampoco con los que opinan que no existen estos problemas en absoluto. Como sucede en tantas ocasiones, existe una explicación menos militante pero más consistente a nivel científico: el aumento de la entropía, lo que explica que muchos de estos problemas se den en perros de razas sin un fuerte carácter, pero que por su labor única de perros de compañía casi no salen de casa ni interactúan con congéneres ¡no hablemos ya de trabajar!

Así pues, en lugar de tener que pelearnos con nuestros perros para conseguir vencer en una supuesta lucha por la supremacía o limitarnos a intentar eliminar el estrés que genera la situación, tenemos una alternativa mejor: darle a nuestros perros un trabajo coordinado con nosotros y que tenga que realizar regularmente, para que utilice la energía social que genera de la manera más adecuada según su etología.

Además debemos tener en cuenta que todos los efectos de la entropía no son malos: el nivel afectivo que los perros pueden mostrar por las personas es superior al que suelen mostrar entre ellos porque nosotros respondemos a sus interacciones afectivas exageradas más (y mejor, pero eso lo dejo para otro artículo, no se me vaya a escandalizar alguien) que sus congéneres ¿O vuestros perros no os piden más mimos y están más cariñosos con vosotros que con otros perros con los que conviven? La explicación está en la entropía: esos espectaculares videos donde leones, cuervos (¡hola Vera!), osos u otros animales criados por personas muestran un afecto superlativo hacia estas, mayor que el que la misma especie manifiesta entre sí, sólo está ejemplificando cómo el aprovechamiento del extra de afectividad que genera la entropía ha sido utilizado inconscientemente por las personas que cuidaban a estos animales para vincularles afectivamente con ellos de manera mucho más fuerte de lo que se unirían a sus coespecíficos en situaciones naturales.

Ahora, imitando al Magic Andreu, me voy a colgar una medalla: Creo que este es el primer artículo o texto en el que se menciona la importancia de la entropía en el comportamiento del perro doméstico, y como creo que en algunos años va a escucharse muuuucho, me permito hacéroslo notar, para que, cuando llegue ese momento, recordéis dónde lo leísteis por primera vez ;)

Después de este tocho (¡y los tres anteriores! Glups :( ) prometo que los próximos posts serán menos técnicos y más cortos.

Este es el tercer y último artículo de esta serie, porque, como bien me ha indicado mi compañero Javier Moral, la entropía es un fenómeno del grupo que influye en la conducta de los individuos (empatía, sincronía y simpatía son, por el contrario, fenómenos del individuo que influyen en el grupo) y merece un tratamiento diferenciado.

La simpatía es la base de las estrategias altruistas de conducta y está demostrada en varios mamíferos sociales: los póngidos, los elefantes, los cetáceos y las personas. No está demostrada en cánidos, pero ¡Ojo! No es que se haya evaluado y el resultado haya sido negativo: es que no se han llevado a cabo trabajos publicables para evaluar la existencia de esta capacidad (o al menos yo no he encontrado ninguna documentación al respecto, si algún lector tiene conocimiento de dicha documentación le rogaría que me diese la/s referencia/s). Por ello podemos argumentar a favor o en contra y defender cualquiera de las dos hipótesis.

La simpatía implica no solo reconocer el estado emocional de otro individuo y alterar nuestra conducta de acuerdo a esto, sino el contagio emocional del estado observado: cuando ese estado emocional es positivo nos permite compartirlo, pero lo más interesante es que cuando es negativo se genera conducta para mejorarlo. Es la base de la solidaridad.

La evaluación de la capacidad de simpatía de una especie sólo puede determinarse de manera consistente en base a la aparición de este contagio emocional con una emoción concreta: la tristeza. ¿Por qué?, la alegría suele llevar asociados o bien la aparición de estímulos positivos que sólo ha captado el animal que se pone contento, o bien comportamientos expansivos que fácilmente pueden inducir a los otros miembros del grupo a “aprender” cuándo es el momento adecuado para jugar, los estados emocionales agresivos también deben ser rápidamente captados por los otros individuos del grupo para adecuar su conducta por interés propio ¡nadie quiere tocarle las narices a un tipo enfadado!, incluso el miedo puede estar asociado a factores de interés individual: si otro individuo del grupo tiene miedo puede pasar algo peligroso para todos, que harán muy bien en “contagiarse” de ese estado emocional y poner pies (patas) en polvorosa. Por ello el contagio de estas emociones tiene una fácil explicación por asociaciones con elementos de interés para el individuo que se contagia, ¡ojo! No digo que el contagio suceda únicamente por este motivo, pero siguiendo el principio de Morgan no debemos explicar un comportamiento como consecuencia de un proceso psicológico complejo si podemos explicarlo a través de otro proceso más básico. Al lorito con esto que algunos conductistas han citado hasta la saciedad este “canon” de Morgan, sin recordar que el mismo Morgan, algo escandalizado por el sesgo que se le daba a sus palabras, añadió después: “para que el alcance de este principio no sea malentendido hay que añadir que el canon no excluye en absoluto la interpretación de un comportamiento en particular en términos de procesos superiores si ya hemos conseguido pruebas independientes de la existencia de estos procesos superiores en el animal que estamos observando”. O sea que si todos los procesos de contagio emocional que observamos pueden ser explicados en base a asociaciones con las consecuencias de esos estados emocionales no podemos hablar de simpatía, pero si existe al menos un caso de contagio emocional que no es explicable únicamente por asociaciones de este tipo podremos argumentar que en los demás casos el contagio podría darse por el mismo mecanismo que explique ese único caso. Si, a mí también me parece lioso.

Y aquí entra en juego la tristeza, porque no hay ninguna ventaja directa por contagiarse de la tristeza de otro individuo: la tristeza no es una señal de alarma que nos ayude a evitar un peligro, tampoco es el predictor de ningún evento positivo, hay una reducción de conducta en el individuo triste y no un aumento que pueda llamar la atención de los otros individuos. En fin que realmente lo “lógico” sería ignorar al individuo triste. Sin embargo en las especies con capacidad de simpatía aparece este contagio emocional, que además es directamente proporcional al nivel de relación entre los individuos implicados.

Creo que muchos hemos presenciado casos en los que aparece el contagio emocional de la tristeza en los perros: cuando estamos desanimados y se nos acercan para darnos suavemente la pata o un lametón por ejemplo. Recuerdo que cuando mi perro Ibo era muy mayor y ya estaba bastante disminuido tenía ocasionales empeoramientos de ánimo. Siempre que esto sucedía nuestras otras perras, jóvenes y activas, se acercaban a él: la pastora alemana se tumbaba a su lado muy pegada al suelo y la malinois (incapaz de estarse tan tranquila) cogía juguetes y los dejaba caer delante suyo. Conductas difíciles de explicar sin tomar en cuenta la simpatía, pues la mayor recompensa que obtenían era que, en el caso de aceptar alguno de los juguetes, Ibo las echaba de allí para disfrutarlo tranquilo (sí, a veces era muy borde). Hubieran obtenido más beneficio si sencillamente ignorasen al yayo e hicieran su vida, pero parecía que les era completamente imposible pasar por alto estos momentos de desánimo del que había sido su compañero de juegos durante muchos años. También hace poco unas border collies estuvieron en nuestra residencia, una de ellas sufrió unos ataques epilépticos, tras los cuales quedó desorientada y aparentemente no reconocía a su compañera de toda la vida, este estado emocional alterado tuvo como consecuencia que la perra que no había sufrido los ataques intentara “animar” a su amiga de todas las maneras posibles: invitaciones al juego, acercamientos tranquilos, contactos que la primera rechazaba: esto causó que la otra multiplicara sus esfuerzos por “conectar” con ella, hasta el punto en el que decidimos separarlas temporalmente para evitarle a la preocupada compañera un aumento indeseable de los niveles de estrés. También es cierto que la perra que mostraba estos niveles de preocupación activa por su amiga es, en mi opinión, una de las perras más especiales y con una personalidad más encantadora y atrayente que he tenido el gusto de conocer.

No quiero terminar este artículo sin indicar que, aunque estemos tocando temas que nos den una visión “positiva” del perro, acorde con la imagen de ellos que queremos tener, estos son sólo algunos de los procesos que aparecen en el perro doméstico. También existen y están bien demostrados otros bastante menos amables, lamentablemente no podemos “ordenar” la naturaleza de acuerdo con nuestros deseos, esto es algo de lo que, EMMO, se está abusando demasiado en el mundo del adiestramiento para captar a quienes se inician y desean escuchar que la realidad técnica coincide con su ideal de cómo es/debería ser el perro, pero los estudios también nos muestran procesos como el infanticidio en leones, o algunas formas de agresión en los perros que no nos gustaría reconocer en nuestro mejores amigos.

Por tanto debemos tomar muy en cuenta que, si bien los actuales trabajos confirman que los perros no son únicamente unos individualistas feroces y dispuestos a la agresión por cualquier quítame allá esas pajas (¿de dónde vendrá esta expresión?), también confirman la existencia de otros procesos en los que sí que aparece competencia, individualismo o actitudes fuertemente agresivas (sin patologías de la conducta) hacia compañeros sociales o seres humanos. No podemos tomar únicamente la parte de conocimientos que nos reconfortan, es necesario aceptarlo todo para tener una visión real de la etología de nuestros compañeros: tan capaces son de ser unos amigos solidarios como de ser unos cabrones con pintas (¿se puede hablar así de mal en un blog? :o , espero que mi madre no lea esto o me lavará la boca con jabón).

Este segundo artículo es el más corto y sencillo de la serie, así que no creo que haya problema en que no espere las dos semanas preceptivas según mi Webmaster y lo cuelgue ya ;)

La sincronía es la segunda de las capacidades emocionales relevantes en los mamíferos sociales, la sincronía es una capacidad derivada de la empatía y es necesaria esta (la empatía) para que pueda aparecer la sincronía.

La sincronía es la capacidad de los miembros de un grupo social para activar simultáneamente estados emocionales concretos así como las conductas consecuentes a dichos estados emocionales.

Formar grupos sociales tiene una finalidad utilitaria: mejorar la capacidad de conseguir recursos -por ejemplo cazando en grupo- ser más eficaces para defenderse o defender los recursos, como puede suceder en la defensa del territorio ante intrusiones o predadores. Pero para poder llevar esto a cabo, antes que la coordinación compleja que implican estas acciones, es necesario que exista sincronía entre los individuos, por eso los bostezos son contagiosos y ver a alguien bostezar nos induce al sueño: conviene que todo el grupo sincronice sus actividades, entre ellas el descanso, para conseguir un máximo  rendimiento cuando sea necesario. También durante los desplazamientos  los grupos sociales se sincronizan para moverse a la vez, lo que permite que el grupo se mueva de forma homogénea y no que cada individuo adopte una velocidad distinta.

En la doma natural de caballos es habitual evaluar, entrenar y aprovechar esta sincronía (por ejemplo), lo mismo podría hacerse en adiestramiento de perros, hace poco un colega de Cataluña me contaba que conocía a un anciano que adiestraba los perros de sus vecinos para no tirar de la correa: sencillamente se los ataba a la cintura y se dedicaba a cuidar su jardín y su huerto durante horas, tranquilamente. En pocas semanas el perro se sincronizaba con el anciano y dejaba de tirar, sin más. Encontrar técnicas que nos permitan sincronizar al perro con nosotros y no sólo realizar la conducta para conseguir un refuerzo es de gran utillidad para los muchos adiestramientos que demandan una fuerte coordinación en el binomio guía-perro.

Yo tengo la costumbre de dormir la siesta (¡eh, no me deis caña! que me levanto muy temprano) y mis perros están sincronizados, a la hora de la siesta empiezan a mostrar sueño y, si me retraso en ir a dormir, me los encuentro a los tres totalmente traspuestos en la habitación. Y dos son malinois. Esta sincronía facilita la armonía en el grupo social ¡os lo garantizo!

¿En alguna ocasión habéis observado que uno de vuestros perros persigue una liebre y otro, sin ver a la liebre, sale corriendo a cazarla también? Eso es posible gracias a la sincronía: la empatía ha permitido al segundo perro reconocer el estado emocional asociado a la caza en el primero y se ha sincronizado con él, si el primer perro hubiera corrido a exactamente la misma velocidad y realizando el mismo trayecto pero como consecuencia de un susto, el segundo perro hubiera reaccionado de manera muy distinta, pese a ser la conducta muy similar en su forma: el poder reconocer el estado emocional es lo que permite actuar de manera sincronizada. Los comportamientos contagiosos (como la huida de los antílopes) son ejemplos de sincronía, donde el correcto reconocimiento del estado emocional permite la coordinación adecuada para actuar.

Cuando hablamos de comportamientos imitativos de alegría o miedo estamos reconociendo implícitamente la capacidad de reconocer este estado emocional en otro individuo (empatía) y de adoptarlo (sincronía) por parte del animal que imita, de hecho la imitación es un proceso bastante complejo que, cuando se refiere a conductas concretas y no a estados emocionales, constituye el primer paso del aprendizaje cultural (algo probado en póngidos, tilonorrincos, algunos monos y en elefantes).

La sincronía es una capacidad relevante para la eficacia del grupo social, por ello toda falta de sincronía genera malestar en el grupo, lo que explica por qué incluso  perros trabajados en positivo se muestran aburridos frente a las sesiones de entreno: cuando una y otra vez el guía intenta no interactuar con su perro, ser neutro y la única información que recibe el perro es un click, se está potenciando que el perro se sincronice con su apatía e inmovilidad o peor que no se sincronice con su guía, esta manera de entrenar puede convenirnos en ocasiones puntuales, pero sistematizarlo y utilizarlo en todos los entrenos tiende a volver al perro pasivo (como el guía durante el entreno) y poco interactivo (también como el guía). Seguro que preferiría que el adiestramiento fuera algo que su guía hiciese alegre e interactuando, así al valor de los refuerzos le sumamos el valor social de interactuar con la persona a la que quiere ¡A todos nos sabe mejor la comida cuando la disfrutamos en un contexto social!

Ahora ya sabes que cuando tenías veinte años y tu madre te reñía porque no comías con la familia, te levantabas y te acostabas a horas extrañas y en general “parece que esto es una pensión y no tu casa”, lo que sucedía es que notaba tu falta de sincronía con el grupo social y esto le hacía sentir mal. Eso y que –seamos sinceros- con veinte años te pasabas un taco :)

AVISO A NAVEGANTES: Originalmente este artículo iba a llamarse “Empatía, sincronía, simpatía y entropía”, pero como se me ha ido de madre (again) lo dividiré en cuatro partes, una por cada fenómeno enumerado, así ni mi Webmaster se tira de los pelos (porque tirarme a mí es más bien difícil), ni quienes leáis esto tendréis que sufrir un maratón tipo “¡Veamos la trilogía del Señor de los Anillos, versiones extendidas, seguidas y sin descansar!” (pese a que mi amiga Sonia opine que no hay otra manera correcta de verla ;) ). Además, reconozcámoslo: uno no es Tolkien, así que he optado por este formato. A los que sé que esperabais un artículo de entropía os tocará esperar un poco. Aclarado esto vamos al turrón:

Hoy es reconocida la importancia de las emociones en el aprendizaje y la conducta del individuo (perro o persona), sabemos que ayudan a reaccionar con rapidez y eficacia en momentos comprometidos, que facilitan la toma de decisiones correctas y que se sinergizan con los procesos cognitivos.

Pero además de esta utilidad individual las emociones son muy relevantes para la organización y eficacia de los mamíferos sociales como el perro (¡o nosotros!), haciendo posible la coordinación y colaboración del individuo con su grupo. Esto es debido a una capacidad emocional muy relevante y demostrada en los perros: la empatía.

Coloquialmente se habla mucho de la empatía, para explicar su importancia en etología debemos saber cómo se define exactamente para esta ciencia: la empatía es la capacidad de percibir y reconocer los estados emocionales de otros individuos y modificar la propia conducta en consecuencia. Pero hay que tener ojo, la empatía es una capacidad neutra, esto es, no implica, como coloquialmente se supone, que se quiera ayudar al otro: la empatía es lo que usamos cuando tenemos que negociar un aumento y esperamos al día en que percibimos que el jefe “esté de buenas”, evitando aquellos días que su estado emocional es negativo por la mala disposición que tendrá ante nuestra propuesta. O cuando guardábamos las malas notas hasta que nuestros padres estaban contentos con nosotros (a mí eso me podía suponer meses). Incluso es lo que usan los matones en el colegio para elegir a víctimas que se dejarán intimidar. Y desde luego es lo que hemos usado todos para ligar al notar cuándo “le gustabas” a alguien y cuándo eran los momentos adecuados para ir “avanzando”, de hecho en la adolescencia le pedimos, le rogamos, a la empatía que nos ayude a hacer bien cosas que no hemos hecho nunca antes. Por su parte la empatía quiere revisar el convenio.

En los perros no sólo se ha demostrado la empatía hacia otros perros, sino también hacia personas (e incluso hacia otras especies de animales): por eso los perros se activan cuando nos ven contentos y nos rehúyen en momentos de enfado, aunque nunca les hayamos castigado. Cuando Iniesta marcó EL GOL todos mis perros notaron el ambiente festivo y se pusieron a dar saltos e invitarnos a jugar ¡qué mejor momento, viéndonos con un estado emocional tan alegre! Por eso también es importante cuál es nuestro estado emocional al convivir, entrenar y competir. Muchos perros “fallan” en competición porque nuestro estado emocional es extraño y están más pendientes de qué nos pasa y por qué estamos tan alterados que del adiestramiento. Esto no debe extrañarnos, en realidad nos sucede los mismo cuando llegamos a nuestro puesto de trabajo y un compañero tiene un estado emocional extraño: hasta que no sabemos qué le sucede nuestro rendimiento está bajo mínimos, no pudiendo desviar la atención de él (“sabéis si a Paco le pasa algo, es que está rarísimo”).

Por ello debemos incluir en nuestro entrenamiento la evaluación y gestión de nuestras emociones y no sólo las del perro, pues por bueno que sea un adiestramiento, si el perro ha formado equipo con nosotros, no podemos pedirle que desconecte su capacidad de empatizar cuando competimos porque somos incapaces de controlar nuestros nervios. En primer lugar porque es injusto y en segundo porque es imposible.